¡La vida es un carnaval! – Relato

“¡Mierda! ¡Que tarde!” Dejé la chaqueta encima del sofá de cuero oscuro y cogí el teléfono. Mientras marcaba su número, murmuraba en voz baja: “Esta vez tiene que funcionar…” – sonó el tono de llamada, nada. Con un suspiro dejé el teléfono entre oreja y hombro, aflojé un poco mi corbata y me serví un vaso de agua.

 Nelly, mi “casi” conquista de la semana pasada, no contestaba el teléfono. Lo llevaba intentando desde hace tres días y casi había perdido la esperanza… – “¿Hola?” – escuché decir una voz suave. “¿Hola? ¿Nelly? ¡Es Will! Quiero decir, Wilfried… ¿te acuerdas? Nos conocimos en la playa el sábado y…” – “Um… Yo… No soy Nelly” – me interrumpió cuidadosamente. No. Esa voz no pertenecía a Nelly. Nelly había sido descarada y graciosa. Ella había estado coqueteando con los camareros en el bar de la playa y me había vuelto loco a los pocos minutos con su risa y su profundo escote. Esa voz suave e insegura que acabo de escuchar, no tenía nada que ver con la mujer que yo quería volver a ver. “Lo siento, supongo que me equivoqué” – “No, no lo hiciste. Nelly… este es su número… pero no está en casa -respondió la voz-. Asentí en silencio como si la persona al otro lado de la línea pudiera verme. “Um… pero puedes dejarle un mensaje si quieres.” – Agité la cabeza – “Eso no será necesario. Lo intentaré de nuevo más tarde… cómo…. ¿cómo te llamas?” – “Soy María”. Asentí con la cabeza. “¡Gracias María! Te llamaré más tarde.” 

Colgué el teléfono, me quité la corbata y la camisa. Hacía tanto calor que me moría de ganas de darme una ducha fría después de este largo y duro día de trabajo. Me hubiera encantado recoger a Nelly y salir a cenar con ella. ¡Podría haberla llevado a cualquier sitio! Todos los restaurantes de la ciudad siempre tenían una mesa reservada para mí. ¡Al menos los buenos! Como empresario europeo en Caracas, siempre era un cliente bienvenido en todas partes. Sobre todo si te consideraban un amante de la buena cocina y del vino caro. Cuando tenía 18 años y me vine a Venezuela, no tenía nada. En Alemania me habían dicho que era un “vago”, un “soñador”, pero eso no me importaba en absoluto. Una de esas noches que mi padre se ha vuelto a pasar, simplemente empaqué mis cosas y me subí el próximo barco hacia Sudamérica, sin la menor idea de lo que me esperaba y sin despedirme de nadie. Pero aun así me atreví. Y ahora… Han pasado 20 años y nunca me he arrepentido.

Disfruté del agua cayendo sobre mis hombros y cerré los ojos. Probablemente el mejor momento de este día.

Una hora más tarde estaba de vuelta en mi sala de estar, la única habitación de mi apartamento con una temperatura razonablemente soportable. Cogí el teléfono y volví a marcar el número de Nelly.

 “¿Hola?” – “¡Hola, María! ¡Fuiste rápida esta vez!” – “¡Dijiste que llamarías de nuevo!” – “Así que… ¿estabas esperando mi llamada?” – “Um… Yo… ¡eso creo!” – Sonreí ante el tono avergonzado de su voz. “Nelly aún no está en casa, señor Wilfried”. “Por favor, llámeme Will”. – “De acuerdo. Nelly aún no está en casa, Will. ¿Quiere que le deje un mensaje?” – Me lo pensé por un momento. “Es muy amable de tu parte, María. ¿Por qué no le dices que me gustaría llevarla a almorzar mañana? ¿Sabes si tiene tiempo?”. “No lo creo… Will. Nelly y yo tenemos clase. Mañana un curso hasta las 2:00 de la tarde” – “¿Ah, sí? ¿Qué están estudiando?” – “Periodismo, señor…” – Interesante… Así que Nelly estudiaba periodismo. Jugaría con ventaja si pudiera investigar a algún autor que le guste… A ver qué se me ocurría… “Entonces, señor” – “Soy Will” – “Oh… ¡Disculpa!” – La inseguridad de María literalmente se arrastró a través del receptor y me pinchó el lóbulo de la oreja. ¡Sé educado! – Me decía a mí mismo. “Periodismo… qué bien. ¿Y? ¿Te gusta?” – “Creo que sí… pero desafortunadamente no es una profesión con muchas perspectivas. Especialmente con respecto a los acontecimientos en nuestro país…” – “¿Ah sí? ¿A qué te refieres?” “Bueno, si lo que dicen algunos economistas es cierto, un día el comunismo volverá a tocar a nuestra puerta… Y la experiencia ha demostrado que todos los extremos siempre van de la mano con el peor enemigo del periodismo…  la censura…” – Estaba sorprendido. Esta chica, a pesar de su edad, parecía tener muy claro de lo que estaba hablando… Pero además de eso, también me había fijado de otra cosa: “María, ¿sabes cantar?” – “¿Perdón, señor… quiero decir Will?” – Me reí: “¡¿SI sabes cantaaaar?! Tienes una voz muy bonita…”. La escuché entrar en silencio y me pregunté si quizás había ido demasiado lejos. “¡Yo… soy músico! Así que… Espera un minuto. Te llevo a mi piano…” Desaté el cordón blanco que ataba el largo cable de mi teléfono y lo arrastre por toda la sala hasta mi piano negro, doblé su  tapa hacia arriba y me deslicé sobre el taburete. “Usted… Quiero decir, ¿tú… tocas el piano?” “Lo intento… ya estoy un poco oxidado… pero estoy seguro de que todavía puedo conseguir tocar al menos algo cortito” – volví a colocar el teléfono entre oreja y hombro y empecé a tocar la primera canción que me vino en mente – una balada romántica que hace unos años solía tocar en los restaurantes y bares de los hoteles de Caracas y que me aseguraba cada dos por tres una buena propina.

María escuchaba los sonidos del piano y yo oía su zumbido. Parecía que le gustaba, pero no se atrevía a cantar… ¿Quizás si cambiaba la canción? “Hmm… ¿Qué piensas de algo con un poco más de ritmo? Deslicé mis dedos sobre las teclas y comencé con el típico intro de salsa. Tal vez Celia Cruz la motivaba un poco más… “AAAy, no hay que llorar, que la vida es un carnaval! Es más bello vivir cantando” se me escucho exclamar y María empezó a reírse. Fue una risa alegre, una risa con ganas, una risa que venía de corazón. Parecía que había conseguido que María se soltase un poquito…  “Ay no hay que lloraaar, que la vida es un carnaval! Y las penas se van cantando”, sintonizó ella. ¡Lo sabía! ¡Cantaba fenomenal! Su voz era simplemente preciosa. No pude evitar una sonrisa y terminé la canción con un outro energético. María aplaudió con entusiasmo.  Qué hermosa risa tiene esta chica, me pasó por la mente.

De repente se calló  “¡Nelly! Um… no… ¡Es para ti! Will, Adiós!” – Ni siquiera tuve tiempo de despedirme. “¿Hola? ¿Will? ¡Qué amable de tu parte llamar! Y gracias por hablar con mi… compañera de piso… ¡¿María?! ¿Podrías salir de la habitación? ¡Gracias, querida!” “Yo… um… hola Nelly. Sí, yo… Maria realmente es… Tuvimos una conversación muy interesante y fue… agradable…” – “¿Ah, sí?” Escuché algo raro en su voz: “Normalmente ni abre la boca… es un aburrimiento… una mosquita muerta. Pero bueno… me llevo bien con ella…” – “Hmmm… no me ha parecido nada aburrida” defendí a Maria, disgustado del comentario de Nelly. “Lo que sea. No me estás llamando para hablar de mi compañera, ¿verdad?”-  “No, en realidad no. ¿Vas a hacer algo mañana por la noche? Me gustaría invitarte a cenar. ¿Qué piensas?” “Nelly estuvo encantada, me dio su dirección y nos despedimos.  

Colgué el teléfono y miré el largo cable que había tendido por toda la sala para poder tocar el piano para María. Esa chica era… cualquier cosa menos tonta y aburrida… de eso estaba seguro. Era tímida, un poco reservada… Pero tenía una voz preciosa y me gustaba su forma de expresarse… y su risa. ¡Mañana podría echarle un ojo! Le dije a Nelly que la recogería a las 8:00. Si me presentara con una botella de vino 10-15 minutos antes, María tendría que dejarme entrar y yo tendría un poco de tiempo para hablar con ella hasta que Nelly terminara de arreglarse. Tal vez sobre el inminente retorno del comunismo… Tal vez sobre la música… Sobre lo que sea… pero esa chica… ha despertado mi curiosidad.